Había una vez una princesa de ojos verdes y cabello rojo como el fuego. Su cabello reflejaba su espíritu de alguna forma, en otros tiempos había sido azul otros verde todo dependía de como se sentía.
Pero para la princesa no todo era tan bueno, vivía en un castillo de locos, su madrastra que envidiaba su belleza y juventud la obligaba a tomar sus responsabilidades por lo que muchos creían que la princesa era en verdad la madre.
Ademas en el castillo vivían dos duendes que una anciana había dejado allí. Ellos daban mucho trabajo a la princesa que debía limpiar todo el desorden que ellos dejaban, aun así ella los quería mucho por que de alguna forma daban al castillo una alegría inusitada.
Se preguntaran donde estaba el rey, bueno responderé esa pregunta con una afirmación muy simple. Lo que todos los reyes hacen, se ocupan de sus asuntos. Pero a falta de un rey ella tenia a el segundo al trono, el duque de Bobodu que para el rey era una bala perdida, pero que los años le habían
dado un buen corazón.
La princesa tenia un espejo mágico en su pieza donde podía ver su reflejo pero contrario, a menudo en el artefacto podía verse a ella llorando, triste, o enfadada, desgreñada. Pero lo que en verdad sentía la princesa era resignación.
El tiempo pasaba, y ella resistía pero como una hoja de papel sus orillas se gastaban con el uso.
Un día miro el espejo y lo que vio la sorprendió, vio una niña feliz y sonriente que la miraba con picardia, vio su reflejo.
Al principio pensó que el espejo al fin se había reparado y no presto atención.
Se puso a pensar en su príncipe azul, que a sus ojos era el mejor del mundo, pero si nosotras lo pudiéramos conocer nos daríamos cuenta de que era solo un brujo disfrazado de príncipe, con una capa reluciente y una sonrisa en la boca.
El reflejo en el espejo se veía cada vez mejor, el cabello rojo estaba me reluciente que nunca y los labios parecían mas rellenos. La princesa miro por la ventana, pero era la hora incorrecta, su verdadero reflejo se vio en el vidrio, la princesa no pudo evitar llorar al ver en que se había convertido, tenia la manos heridas y la cara tan parida y delgada, su cabello ya no era rojo brillante sino negro como la soledad misma. Abrió la ventana para no verse más. Subió a la ventana y miro hacia abajo de su torre, quiso volar y se balanceo un poco pero no basto. Sentía tantas ganas de poder volar lejos del castillo y ser un ave que se lanzo por la ventana al oscuro precipicio al lado del castillo.

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