Ya había perdido las esperanzas, mi cumpleaños fue igual que cualquier otro día, treinta y cinco años de sueños frustrados y una larga fila de personas que una a una entraron a mi vida de la misma forma en que salieron, sin mayores complicaciones. Ahora que lo pienso, el único cumpleaños que recuerdo fue el numero trece, fue el ultimo antes del suicidio de mi padre y fue cuando me regalo Orgullo y Prejuicio, que fue mi refugio durante los años de maltratos y agresiones que pase en el liceo comunal.
Ya no recuerdo el día, de alguna manera parece tan lejano aquel momento en que una pequeña ilusión volvió a mi vida. Era mi cumpleaños.
Cumplía treinta y cinco años y eran cerca de las dos de la mañana, estaba en Estación Central esperando el ultimo tren con rumbo al sur, todos los días volvía ahí, compraba el boleto a un joven con ojos cansados y abordaba el tren que me llevaría hasta la vieja estación de trenes donde pasaba horas leyendo una y otra vez el libro que fue el regalo de mi padre. Pero esa noche algo cambio, lo vi.
Se sentó frente a mi, en el ultimo vagón, la luna casi inexistente se reflejaba en la ventana, me sentí atraída, aun cuando era invierno me sentí tibia, y le lance una rápida sonrisa que el retribuyo guiñándome un ojo.
Lo volví a ver, todos los días nos encontrábamos en el mismo vagón solitario, jamas hablamos.
Pasaron tres meses, era julio, el puso su cara cerca del vidrio y expiró un tibio aliento sobre él mientras lo recorría con el dedo marcando las letras : H, O, L,A y luego dibujaba una carita sonriente.
No se cuando me enamoré de él, solo se que deseaba con toda mi alma que me hablara, ansiaba tanto una sola palabra suya y al mismo tiempo me aterrorizaba la idea de no tener nada con que responderle.
Era agosto, fue la ultima vez que lo vi. Como siempre nuestro recorrido fue tranquilo, silencioso. Pero esta vez algo cambio, baje En San Bernardo como siempre lo hacia pero esta vez el me siguió, caminé lento, consiente de que su sombra rozaba mis pies. Si tenia suerte llegaría a mi casa y tomaríamos un café. Caminamos en silencio durante unos minutos mas, tenia frío pero sabia que pronto estaríamos regocijados frente a la chimeñea, sentí la presión de sus dedos calientes sobre mi hombro y de alguna forma todo ese calor se esparció por mis venas llegando a mi corazón. Me di media vuelta para mirarlo con todo el amor que poseía, pero el me tapo la boca, no dijo nada, solo me llevo a una plaza y me lo quito todo.
Soy un recipiente vacío, así me siento ahora, siento frío y la sangre se hiela sobre mi cuerpo, él no lo entendió, nunca lo hizo, creyó que debía arrebarmelo todo y no supo que yo se lo hubiera dado y lo hubiese hecho agradecida. Él me quito el amor y la vida pero me dio la esperanza.
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